
Alguna vez escuche decir a alguien que no se tenía que ser adictos (bueno no se si esa era la palabra: “adictos”), que no debería existir esa afición desmesurada a algo pues nos haría dependientes llegando a causar afecciones físicas, incluso la muerte; Yo creo que tiene razón… ¿pero como evitar el síndrome de abstinencia a la risa incontrolable, al sarcasmo, a una “partita di calcio” (o sea, una partido de fútbol), a un Malbec Mendocino, al queso en una tortilla azul con salsa verde, al tea, a un buen libro por las mañanas, a los clásicos, a la buena percha, a lo prohibido, a los sabores, a los aromas de sensación, etc. La música por ejemplo, que es un trozo de vida, una expresión del ser humano, reflejo de una cultura, es algo de lo que no podría vivir si ya no la escuchara más, porque escuchar es aprender y si no lo hiciera siento que mi vida tendría algún tipo de vacio interior.
Esa persona decía que hay que tener un equilibrio y es cierto, que había que escuchar música para luego dejar de escucharla para no caer en esas cosas de las cuales uno se hace súbdito como a la armonía; pero como no ser adicto a algo que refuerza lo que viví, lo que estoy viviendo, que me hace sentir diferente, me hace imaginar, me complementa, me llena… me da vida, me equilibra…

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