Comíamos en los tenderetes de la playa. Pastelillos rellenos de pescado, pimientos morrones y verdes y nuececillas como granos de arroz. Pastelillos de una masa ligera y suave, y pescado en una abundancia increíble. Camarones recién sacados del mar, bañados en jugo de limón. Eran sonrosados y dulces, y se comían en cuatro bocados. Pero nos comíamos montañas de ellos. Y luego paella, con toda clase de pescado, almejas, langostinos y pequeñas anguilas. Y luego, angulas, que son anguilas todavía más pequeñas, al pilpil, delgadas como hilo de habas retorciéndose de mil maneras, y tan tiernas que se deshacían en la boca sin necesidad de masticarlas. Y todo ello acompañado de un vino blanco frío, ligero y excelente, a treinta céntimos la botella. Y para acabar, melón. Valencia es el país del melón.
- El melón de Castilla es el mejor- dijo Fernando .
-¡Qué va!- dijo la mujer de Pablo-. El melón de Castilla es para irte al retrete. El melón de Valencia es para comerlo. ¡Cuando pienso en esos melones, grandes como mi brazo, verdes como el mar, con la certeza que cruje al un hundir el cuchillo, jugosos y dulces como una madrugada de verano! ¡Cuando pienso en todas aquellas angulas minúsculas, delicadas toda la tarde. Cerveza fría que rezumaba su frescura a través del barro, y jarros tan grandes como barricas.
-¿Y qué hacías cuando no estabais comiendo y bebiendo?
-Hacíamos el amor en la habitación, con las persianas bajadas.
La brisa se colaba por lo alto del balcón, que se podía dejar abierto gracias a unas bisagras. Hacíamos el amor allí, en la habitación en penumbra, incluso de día, detrás de las persianas, y de la calle llegaba el perfume de mercado de flores y el olor de la pólvora quemada, de los petardos, de las tracas, que recorrían las calles...
Hacíamos el amor y luego mandábamos a buscar otra botella de vino, cubierto de gotas por fuera, y ella bebía sin abrir los ojos y volvía dormirse, y yo me tumbaba y le contemplaba mientras dormía, morena y joven, con aquel pelo negro, tranquila en sueño.
Y me bebía toda una copa de vino escuchando la música de una charanga que pasaba... ¿Y tú? -preguntó, de repente, a Pablo-. ¿Qué sabes tú de estas cosas?
Fragmento de "Por quién doblan las campanas" ... Hemingway

Publicar un comentario